lunes, 2 de diciembre de 2013

Ver, oir y callar.

Un aspecto relevante de la actividad de las Auditorías Internas, es el correspondiente a la concreción del Plan de Auditoría a proponer a la aprobación de la alta dirección y al Consejo, ya que la eficacia de la función auditora vendrá condicionada por una adecuada selección de los entes auditables, puesto que, si estos no fuesen los más apropiados, estaremos distrayendo recursos realizando trabajos que no vienen avalados por las prioridades de atención que deben marcar nuestra acción. Motivo por el que, desde las Normas del Institute of International Auditors, se insiste en que: “El director de auditoría interna debe establecer un plan basado en riesgos, a fin de  determinar las prioridades de la actividad de auditoría interna. Dichos planes deberán ser consistentes con las metas de la organización.” 

Hasta aquí creo que existirá un alto consenso entre todos los auditores que tengan a bien leer estos comentarios, ya que parece que es lo adecuado. Pero aceptando lo señalado por la Norma, podríamos preguntarnos seguidamente, ¿de qué forma el director de auditoría tiene conocimiento las metas de la organización? .

Obviamente hay diversos modelos, uno de ellos sería que el responsable de auditoría reciba copia de las actas de los Comités de Dirección en donde se debaten los temas que afectan al día a día de la empresa, y donde adicionalmente se deciden los objetivos actualizados de la misma, una vez identificados los riesgos que la amenacen.

Otra forma es que, si el superior jerárquico del director de auditoría asiste a dichos Comités de Dirección, que comparta con este los temas tratados tan pronto disponga de tiempo para ello.
Otra alternativa es que el propio director de auditoría interna asista a las reuniones del Comité de Dirección, lo cual es, desde nuestra perspectiva, la mejor de  las soluciones posibles, pero marcando una línea roja que no debería sobrepasarse, como más adelante veremos.

La presencia del director de auditoría en los Comités de Dirección, aparte de ser, probablemente,  la mejor solución para que este conozca con inmediatez y total objetividad los temas tratados, también cubren otros aspectos relevantes destacados por el propio Institute of International Auditors, como son, por ejemplo, el que el responsable de auditoría sea considerado como un miembro clave del equipo directivo, o que este sienta que tiene un “asiento en la mesa” en la que se discute la estrategia de la organización, tal y como se incluye en el apéndice C-1 correspondiente al modelo de entrevista con el Director de Auditoría Interna correspondiente a la nueva versión de las herramientas a emplear en la evaluaciones externas de la calidad de la función de auditoría (apartados 7.2 y 11.1).

Por consiguiente, a fin de que pueda evidenciarse por la organización la relevancia funcional del director de auditoría, así como para cubrir su propia autoestima, su presencia en el Comité de Dirección parece también aconsejable. Pero tenemos una duda, cual debería ser su rol en dichos órganos de debate y decisión.

En nuestra opinión entendemos que su presencia debe ser sin voz y sin voto, solo como oyente y testigo de los debates que se produzcan, ya que, de no ser así, podría producirse un conflicto de intereses que condicionaría su posterior independencia y objetividad. 

Esta neutralidad en los debates no debemos considerarla como indiferencia del responsable de auditoría a los temas y decisiones que puedan producirse en el seno de dichos Comités, puesto que su mutismo no debe considerarse como asentimiento de lo que se pueda aprobar, ya que si esto, en su opinión, no es lo que más apropiado, su actuación debería ser la de comentar sus conclusiones con su superior jerárquico y/o funcional, tal y como recoge la Norma 2600, a fin de que estos adopten la decisiones que consideren pertinentes.

En resumen, nuestra opinión es que el director de auditoría debe estar presente en las reuniones del Comité de Dirección, a fin de que pueda conocer los distintos puntos de vista de los responsables de la gestión presentes en el mismo, así como sus conclusiones, pero sin intervenir o influir en la decisión gerencial que se adopte, ya que eso escapa a nuestra función, y además condicionaría y comprometería la objetividad de la función auditora. Por lo que la postura de nuestra amiga Mafalda no responde a lo que estamos defendiendo, pues sí debemos ver y oír, pero solo debemos limitar nuestra capacidad de hablar.  

Jesús Aisa Díez
29 de noviembre de 2013

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